Betty Jean le repetía una y otra vez, por el Wisconsin de los años sesenta: “Sólo puedes depender de ti mismo, la caballería no va a venir a rescatarte” y así ha gustado recordarlo Christopher Gardner, in memoriam de su madre, en cada una de las ocasiones en las que nos ha hecho llegar los avatares de su “cinematográfica” vida.
No es este un artículo para hablar del séptimo arte. Eso se lo dejo a mi amigo Fernando Alonso Barahona, que de eso ya sabe un rato.
Con el cine me pasa a mí un tanto como con el vino; el buen vino digo. Ante buena mesa y buen yantar, sazonado todo ello con buena compañía, a poder ser, este fruto de la vid, lo saboreo, lo disfruto, me gusta, pero sin saber más de añadas, bodegas, reservas o crianzas. Me gusta, digo,… o no, ya sea el caso.
Pero cada cosa en su momento, y este es el de recordar aquello de la historia de aquel hombre que de la nada llegó al todo: Christopher Paul Gardner.

La historia de un hombre que se puede resumir, tal vez, con un “I can”, con un muy poderoso “I can”.
“Lo único que puedo decirles a ustedes es que si me hacen una pregunta y no sé la respuesta, les diré directamente que no sé la respuesta, pero también buscaré la forma de encontrarla, y cuando la tenga, se la daré” cuentan que argumentó. “I can”.
La historia de un hombre que se aferró a un sueño:
“Si tienes un sueño debes protegerlo, la gente que no puede lograr las cosas va a decirte que tú no puedes lograrlas, si quieres algo, ve y hazlo tuyo, punto!”
Ya dije en cierta ocasión que la vida no es siempre justa pero alguna vez, rara vez pero alguna, te ofrece una sonrisa, tímida, pero sonrisa al fin. Eso sí, debemos estar preparados, verdaderamente preparados para, en su momento, cuando toque, saber devolverle el cumplido. Todo ello porque, como decía nuestro amigo Chistopher:
“It can be done, but you have to make it happen”.
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